Suponte que
- Justin Jaquith
- 25 mar 2020
- 3 Min. de lectura
1. Ya que el dinero garantiza la felicidad, de acuerdo con las teorías de ciudadanos y políticos y religiosos por igual, suponte que inviertes todo tu patrimonio en un proyecto infalible de un buen amigo, soñando con pronto jubilarte en una casona en la playa, y éste resulta ni ser tan amigo, ni su plan tan infalible; y pierdes todo. Terminas en la playa, no en una casona, sino bajo una palapa vieja y sufrida, escondiéndote del sol y del remordimiento y de los cobradores narquillos. Suponte que el ceviche de pulpo que cenas te hace daño, además, y decides salir a caminar un rato, para que se te bajen las náuseas, la rabia y la panza al mismo tiempo, y terminas sentado a la orilla del mar, solo y asoleado, quebrado y quemado, observando el atardecer como si ese sol fuera tu mera felicidad ahogándose en la oscuridad del mar.
1.1 Suponte que se te acerca un señor de edad indeterminable, sin camisa y levemente fumado, quien con sonrisa chimuela te ofrece poner una fogata. Y tú, levemente intoxicado y con sonrisa ortodóncica, le mandas a volar. Pero no te entiende o simplemente no te hace caso, monta y prende una fogata peligrosamente cerca de las olas, y se sienta a tu lado. En seguida empieza a narrarte su historia: que viviendo en California hace diez años, perdió el amor de su vida por menso y mujeriego; que fue deportado por manejar tomado; que ahora trabaja de velador y vive al día pero feliz en la playa; que no recomienda el ceviche donde tú comiste porque siempre se enferman los que lo coman; y que últimamente su esposa, con quien mensajea por Whatsapp, le ha dado esperanzas de que algún año de estos, regresará a visitarlo. Tú, agarrando confianza, le platicas de inversiones mal invertidas y amigos enemigos, de abogados chuecos y tasas de interés de interesados. En solidaridad, te ofrece una cama en su choza, porque, como dice, estás bien chingado. Y tú aceptas, preguntándote por qué él sin dinero está contento y tú sin dinero te sientes miserable.
1.1.1 Suponte que vives en la playa con tu nuevo roomie fumado durante dos meses, en los cuales aprendes principalmente a enrollar porros de marihuana y chiflar a las turistas enbikinadas. Se te quita pronto la amargura del estómago, pero se te sube la del alma. Los recuerdos son mosquitos y el remordimiento, dengue. Te pesa el pasado y te paraliza el futuro mientras el presente pasa desapercibido. Este limbo existencial te convierte en una especie de ninichavoruco —es decir, ni estudias, ni trabajas, ni eres chavo—. Ruco y resentido, un día se te ocurre repetir ese ceviche de pulpo y en la noche, mueres. El forense anota en el acta, “Suicidio por ceviche”, y los únicos que te extrañarán son los cobradores.
1.1.2 Suponte que vives en la playa con tu nuevo roomie fumado durante dos meses, en los cuales adoptas no tanto su afición por la mota, sino su joie de vivre. Aprendes de todo y haces lo que encuentres a la mano: esnorklear, surfear, hacer esculturas de arena con cara de tu ex amigo y cuerpo de sirena, etc. Se te nota en la cara el relajamiento, y lo sientes en tu alma; a tal grado que un día, una influencer de Instagram enbikinada te ve y te agarra confianza inmediata por tu aspecto de buena onda, y te pide tomarle unas cuantas fotos porque, te platica, su fotógrafo se acaba de intoxicar por un ceviche que comió y está indispuesto. Tú aceptas. Treinta minutos y tres mil fotos después se ha forjada una bella amistad entre los dos. Ella luego sube toda una serie de fotos no retocadas, bueno levemente pero quién se dará cuenta, con los dos esnorkleando, surfeando y haciendo esculturas de arena en figura de fotógrafo sentado en una taza de baño. Esta irrespetuosa foto se hace viral porque así es el mundo hoy día, y tú pronto te conviertes en el guía más cotizado de las playas del Pacífico. Ahora te cae lana por todos lados, pero prefieres tu choza, tu tabla de surf, y tu fogata muy cerca de la orilla del mar, y estás feliz.
2 Suponte que te sale de maravilla la inversión, y te conviertes en otro billonario más. Te sobra dinero y lo usas sabiamente, según los ciudadanos y políticos y religiosos, para comprar una mansión en la playa, acojinar tu vida, y botoxear tu cara, para que en vez de chavoruco parezcas maniquí chavoruco. Entre semana sigues enchuecando abogados, y los fines de semana vas solo a tu casona con vista a la playa, donde cenas ceviche de pulpo herméticamente higiénico y miras con ironía cómo el sol se ahoga en el mar, como tus fantasías de felicidad.
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