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Nada absurdo

  • Foto del escritor: Justin Jaquith
    Justin Jaquith
  • 21 jul 2020
  • 3 Min. de lectura

El hombre está tan concentrado en la pantalla donde brincan y corren números hipnóticos que no se da cuenta del mosquito que felizmente se aterriza en su cuello. El insecto comienza su rutina con la precisión de un cirujano, pero con menos sangre derramada, y en los veinte segundos que le toma al hombre comprar 1.3 millones de dólares en acciones, el mosquito le convierte en donador involuntario de sangre. El cirujano informal abandona el quirófano improvisado y vuela gorda y contentamente a la pared.


De ahí el virus entra a la sangre, y tres días después el hombre le comenta a su esposa que no se siente bien, que no va a ir al trabajo ese día. La fiebre le agarra en la noche, y entre sudor y escalofrío no duerme nada, hasta que en la madrugada está seguro de que está muriendo o tal vez ya murió.


Cabe mencionar que es un buen hombre: trabajador, inteligente, precavido. No tiene vicios, ni deudas, ni esqueletos enclosetados. Su familia le adora, tanto su esposa como sus tres hijas. En fin, la vida le ha tratado bien y el le ha tratado bien a la vida, y él siempre creía que ese arreglo iba a continuar.


El mosquito le visita de nuevo a las 5:37 a.m. Aterriza ahora sobre su pecho, y le mira en los ojos. El nombre nota con terror que ha crecido mucho: es el tamaño de un colibrí, con un pico de tres centímetros, alas que baten como hélices gemelas y los ojos inescrutables de un filósofo.


—Amigo, —dice el mosquilibrí, —disculpa la molestia, pero te vi despierto y te quería saludar. ¿Cómo te sientes?


Al hombre le parece absurdo que haya crecido tanto con una sola gota de sangre robada, y se lo reclama. —Terrible. Fatal. Y por tu culpa, desgraciado vampirito volador.


—¿Culpa? —El mosquito se ríe, un sonido muy nasal, como se esperaría de un bicho tan narizón. —¿Qué culpa tengo yo, si solo sigo mis instintos?


—Está mal lo que hiciste. Si me hubieras pedido un poco de sangre, con gusto te hubiera dado un litro completo, con todo y popote, con tal de evitar esta enfermedad.


—Amigo, me ofendes. Primero, no tengo porqué andar mendigando, prefiero trabajar para mi comida. Segundo, traigo el popote integrado, como bien puedes apreciar. Y tercero, mi cerebro es el tamaño de una migaja, ¿tú crees que ahí caben conceptos esotéricos de bien y de mal? ¡No! Vi tu cuello tentador, jugoso, irresistible, y comí. Muy rico, de hecho.


—Pues la culpa tampoco la tengo yo. Tú me picaste, yo no te hice nada.


—¿Qué esperas, que te pida perdón?


—Ayudaría un poco.


—No puedo, sería hipocresía y los mosquitos no podemos mentir.


Durante la conversación, el mosquito ha seguido creciendo. Ahora tiene el tamaño y la forma de una aspiradora, y su pico es un tubo flexible que sobresale de su cuerpo y ondula suavemente en el aire. El insecto produce dos alas pequeñas y ridículas y vuela del pecho del hombre al pie de la cama.


Al hombre le parece absurdo que su antagonista no admita su error, y se lo reclama. —Yo no tengo la culpa por esta desgracia. Soy buena persona, fiel a mi trabajo, fiel a mi esposa, fiel a mis obligaciones. No merezco esto.


—¿Y por qué estamos hablando ahora de mérito? —responde el mospiradora, rugiendo las palabras por su narizota y aprovechando para recoger algunas hebras, algunos pelos sueltos, de la almohada. —¿Merezco ser mosquito?


El hombre no sabe qué responder. Es un buen punto. La vida no le pide permiso a nadie, ni el azar tampoco.


—Es que hago las cosas bien. —insistió el hombre. —Tengo buen trabajo, tengo inversiones, tengo la vida segura y garantizada. No puede ser que, de un piquete insignificante de un mosquito irrelevante, me muera.


—¿Tú crees que hay cosa alguna garantizada en esta vida?


Ahora el mosquito es el tamaño de un elefante. Su peso encima del pie de la cama levanta al hombre en un ángulo de 45 grados, lo cual les permite platicar cómodamente.


Al hombre le parece absurdo que el mosquito no respete el destino. —No garantizado, quizá, pero por lo menos seguro. ¿Por qué me esfuerzo tanto entonces?


—Por instinto, —responde el mosquilefante. —Igual que yo.


El hombre no responde porque ya está bien dormido. En la mañana se sentirá mucho mejor, y pedirá de desayunar, y le contará a su esposa acerca de la noche tan rara que vivió. Y el doctor después le dirá que tuvo mucha suerte, o que el destino le tiene algún designio especial, porque muchos mueren de este virus. Y al hombre no le parecerá nada absurdo creer que tiene suerte y que el destino está de su lado, porque nunca le han defraudado, hasta la fecha.

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