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La puerta en el techo

  • Foto del escritor: Justin Jaquith
    Justin Jaquith
  • 4 ago 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 17 dic 2021

Ariana escuchó el reptil antes de verlo. Un indignado chak-chak-chak que emanaba del rincón de su recámara divulgó su presencia y a la vez su mal humor. Con un poco de persistencia, la mujer encontró la fuente del ruido: un geco, de color arena salpicada de algas, que desafiaba la gravedad en una pared oscura, arriba de la lámpara antigua que apenas alumbraba un rincón del cuarto. Chak-chak-chak. La criatura siguió regañando a la mujer como si él fuera el habitante y Ariana la intrusa.


A un lado de la lámpara, cerca del geco inconforme, y dominando el cuarto, estaba una cama con dosel. Desde la infancia de Ariana, este enorme y ornamentado mueble había sido su refugio cuando venía a visitar a su abuela. Los postes le figuraban serpientes en la noche, o dragones que aguardaban la princesa Ariana en su castillo. Al otro lado de la lámpara, unas cortinas verdes, pesadas, tan gruesas que parecían ocultar algo. Cubrían la puerta del balcón, nada más siniestro que eso; pero ella siempre imaginaba que un chimpancé, o un hada, tal vez, le espiaba desde ahí, y no se dormía sin antes revisar que no había nada escondido detrás. En otro rincón tenebroso, un escritorio ornato de cedro, tallado alrededor de su base con figuras de animales de la selva, con una pequeña lámpara encima y una silla sencilla y redonda en frente. Las paredes casi no tenían adorno, solo algunos cuervos negros, pintados en silueta, esparcidos al azar por las paredes; manchas de oscuridad en muros aun más oscuros.


Todavía, a sus veintitrés años, se sentía protegida aquí, entre recuerdos y fantasías. Hace poco el noviazgo que creía que iba a resultar en matrimonio, resultó mas bien en engaño, un golpe más de la vida traicionera. Había regresado para visitar a su abuela, una mujer extraña, sofisticada, silenciosa.


Chak-chak-chak. Qué extraño ruido, pensó, y más porque proviene de una gargantita tan minúscula. Se preparó para acostarse, optando por ignorar al visitante exasperado: al fin y al cabo, era de los pocos animales inofensivos de la región. En la zona desierto-playa, donde el mar y el desierto luchan eternamente por la arena que comparten, todo parecía tener dientes o veneno o pico: alacranes, arañas, hormigas, mosquitos, víboras, rayas, medusas, tiburones. Pero los geco solo ladran, o cantan, o regañan, dependiendo de la interpretación que uno le dé. Ariana no tenía sueño, entonces se puso a leer, y en unos minutos se olvidó de los ojitos que la reprochaban desde la pared. La noche se puso más negra; el silencio más pesado, el mundo más dormido.


Otra vez escuchó el chak-chak-chak, pero ahora el ruido era más fuerte, y con un acento extrañamente humano, como si el reptil estuviera enunciando los sonidos con intención, no por instinto. Ariana volvió a buscar al geco en la pared, pero ya no estaba. Arriba de las cortinas, vio una cuerda colgada del techo, cubierta de rosas; y en el techo, una puerta amarilla. Tantas veces que se había quedado aquí, y jamás había notado aquella puerta. Se levantó de la cama y caminó hacia la cuerda, tan llena de curiosidad como una niña. Sin pensarlo más, empezó a trepar la cuerda, una mano sobre la otra, evitando con cuidado las rosas y espinas que crecían de la cuerda. Muy extraño, ella pensó, que un rosal sea cuerda, o que una cuerda sea rosal.


Subió con dificultad. Su meta, la puerta del techo, tenía la apariencia y las proporciones de una puerta de casa, pero la mitad de tamaño. Cuando estaba a medio camino, escuchó un solo chak, pronunciado con un tono notablemente sarcástico y burlón, y miró hacia abajo. El geco estaba sentado en su cama. Solo que había crecido mucho: era el tamaño de un niño, y tenía una cara casi humana. Estaba recostado boca arriba contra la cabecera, piernas cruzadas, cola hacia un lado, tomando chocolate caliente de una taza incrustada con diseños mitológicos.


—¿Por qué usas la cuerda para subir, niña tonta? —Le preguntó el geco.— Es más fácil caminar por las paredes, y no hay espinas ahí. Aunque tampoco rosas.


Ariana le miró con sorpresa, tanto por los cambios fisiológicos como por los lingüísticos. Solo se le ocurrió contestar, —No sé. Jamás he intentado caminar sobre paredes.


—Es lo más natural del mundo. Tus pies sabrán qué hacer. —Tomó un trago de chocolate, pero lo hizo muy rápido y se quemó la lengua. La sacó al aire en pánico, como para enfriarla. Tan larga la lengua, y tan afuera la sacó, que Ariana quería reírse a carcajadas, pero le dio miedo caerse, y se contuvo.


Mientras debatía qué hacer, si seguir luchando con la cuerda, o caminar sobre el muro como Cristo sobre las aguas, un cuervo pasó frente a sus ojos. Luego otro, luego dos más. No en el aire, sino en el muro, como pinturas vivas que existían en dos dimensiones. Los cuervos no hacían caso a la mujer acrobática, solo volaban alrededor de la habitación, impasibles, imparables, como castigados por algún dios a dibujar círculos alrededor de la escena en el cuarto. Ariana tendría que pisar el muro con cuidado, si es que lo lograra pisar, para no lastimarlos. Curioso dilema esto, ella pensó: el no tropezarse con un cuervo ignorante mientras uno camine por un muro bajo la tutoría de un geco aficionado al chocolate.


—Ándale amiga, ¡tú puedes! —La porra venía no del geco, pues éste seguía con la lengua frenéticamente lamiendo el aire y no podía hablar. Procedía más bien de los animales selváticos del escritorio. Seguían atrapados en la madera, sus cuerpos regidos por la forma que aquel carpintero antiguo les había asignado: solo con caras completamente humanos. Ariana reconoció entre los rostros el de su hermano, ahora una jirafa; de su mejor amiga, una leona; y su ex novio, todo un hipopótamo, un hecho que produjo en ella cierta satisfacción. Su ex no le dijo nada, pero el hermano y la amiga no dejaban de gritar palabras de ánimo.


Ariana ya no podía subir más. Sus brazos le dolían; el perfume de las rosas, al principio agradable, ya era nauseabundo; y por lo menos dos espinas estaban bien clavadas en sus manos. O iba a ser un Cristo caminando sobre las paredes, o un Cristo traspasado con espinas. Empezó a mecerse un poco, y cuando la cuerda se acercaba lo suficiente al muro, extendió un pie y puso la planta sobre el muro, y al mismo tiempo una mano.


Nada. Su pie y su mano hicieron contacto momentáneo con la pared, se despegaron, y siguió columpiándose como changa apijamada en la jungla.


—Mi hija, ¿qué haces?


Ariana volteó, sorprendida. Reconocía la voz. Era su abuela. Estaba en la puerta; esbelta, elegante, figura de anciana pero rostro de vidente; con un sombrero imposiblemente alto y un vestido azul zafiro cubierto de figuras geométricas que cautivaban la mirada.


—¡Abuela! Perdón, no le quise despertar.


—Mi querida niña, hay que brincar. Todo o nada, solo así funciona, tanto en la vida como en los sueños.


La abuela cerró la puerta, y los animales de madera echaron una porra, y los cuervos siguieron volando, y el geco intentó otro trago, ahora con más éxito, y Ariana brincó de la cuerda con la destreza de un chimpancé y la furia de un dragón y la ligereza de un hada. Aterrizó con éxito, los pies y manos planos, y se encontró suspendida y cómoda en la pared, justo arriba de la cama. Intentó un paso, y luego otro, y se rio a carcajadas sin caerse. Tenía razón el reptil, era más fácil caminar por paredes que subir cuerdas, y sus pies sabían qué hacer.


—Y ahora, ¿qué vas a hacer? —le preguntó el geco.


Ariana avanzó unos pasos más, y tomó la manija de la puerta en el techo. —Ya sabes.




—inspirado por el estilo artístico de Leonora Carrington (1917-2011)

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