La leyenda del ratón dios
- Justin Jaquith
- 4 mar 2020
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 14 dic 2021
Estoy parado en la línea fina entre campo abierto y pasto recién podado cuando avisto, a través de mis bigotes, la puerta de la casa abierta. Hoy vengo tanto curioso como hambriento—típico ratón—y paso con pisadas ligeras por el jardín, acercándome cada vez más a ese portal del misterio. Me pregunto sobre las delicias atesoradas ahí. Me pica la curiosidad, se prende mi cerebro con fantasías de banquetes repletos de quesos y panes y granos sin fin.
Ya cruzado el umbral, ya abandonado el pasto camuflajeador, ya emprendida mi cruzada alimenticia, se me ocurre en un instante aterrador que los habitantes de la casa, tanto padres como hijos, tanto perro como gato, enjambran en mi contra. Las pisadas de un humano alborotan mis sentidos. El señor de la casa viene y hará lo que pueda en defensa de su casa. ¡Debo huir!
De repente, algo pegajoso. ¡Una trampa! Un papel traidor desapercibido debajo de la estufa. Y ahora, pegado, inmovilizado, figura trágica en cocina ajena: soy ratón y pronto me cortarán de este cruel universo.
Inexplicablemente, el señor pincha mi cuerpo, jalándome y despegándome, cola y cuerpo y pata, bajo la mirada atenta de la señora de la casa. Ella compasiva; él incrédulo. Ella pura misericordia; él puro homicidio frustrado. Ella observando de lejos, él despegándome con dedos gordos y jugosos.
¿Acaso recibiré una segunda oportunidad de vida? ¿Legaré a las generaciones venideras la leyenda de un ratón Houdini, una criatura con más vidas que un gato, un animal inmortal e invencible? Tengo en mente un plan. Cambiaré mi destino. Pronto habrá una oportunidad, y verán la potencia de este ratoncito, delicado por fuera, gigante por dentro. Madrugaron en vano, estos humanos; hoy iré vivo a mi hogar.
Una vez despegada la última pata, pincho ferozmente el dedo del señor con estas agujas dotadas por la naturaleza, mis dientes pequeñísimos pero afiladísimos. Cero remordimiento. Cero misericordia. Solo coraje y un instinto salvaje por supervivencia. Luego: sangre y gritos y reclamos de parte del señor, y risa a carcajadas de parte de la señora. ¡Tan raros los humanos!
El señor, entre palabrotas y quejas, abre la puerta. Entonces yo, arrojado por aquel portal del misterio, con el viento de victoria tremolando mis orejas, caigo al suelo, justo en la línea fina entre pasto podado y campo abierto. Soy ratón, pero parezco dios.
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