La casa del árbol
- Justin Jaquith
- 18 feb 2021
- 5 Min. de lectura
Llave en mano, Joel se detuvo un segundo en la banqueta, mirando la calle donde en una vida pasada jugaba futbol con sus amigos. Era más angosta de lo que recordaba, más cotidiana. Abrió la puerta de la casa y entró a un pasillo que olía a zapatos y polvo. No había visitado desde que su papá se internó al asilo cuatro años antes. Las mismas filas de fotos enmarcadas, biógrafos mudos y levemente desnivelados de la familia, adornaban las paredes. Caminó hacia la sala. Sentía como visitante en un museo donde los artefactos estaban cargados de memorias, no de civilizaciones extrañas, sino suyas, igualmente extrañas.
Tenía trabajo que hacer. Empacar la ropa de su papá para donarla en una tienda de segunda mano. Dividir bienes importantes y recuerdos sentimentales entre los hermanos. Cerrar cuentas y cancelar servicios. Finalmente, vender la casa. Queda mucho en el aire cuando se acaba una vida.
Los muebles viejos en la sala ya no servían para nada; habría que conseguir alguien que se los llevara al basurero. La alfombra, blanqueada por la luz del sol que las gruesas cortinas verde olivo siempre toreaban en la tarde, parecía tener canas, como su reciente dueño. Humedad y moho manchaban el techo, y telarañas tan abandonadas como la casa decoraban los rincones. Vender la casa iba a ser difícil.
Joel abrió las cortinas para dejar entrar la luz de la tarde, y por la ventana examinó el jardín de atrás. Era una jungla descuidada de pasto, arbustos y rosales. Un gran árbol dominaba el jardín, y dentro de sus ramas se percataba una vieja casa del árbol. Joel la miró con una ternura inesperada. Estaba intacta, o casi intacta. Los tablones descoloridos se camuflaban con la madera del árbol mismo, y las ramitas verdes que crecían por sus ventanas insistían que el árbol y la casa habían hecho las paces a lo largo de los años. Eran uno solo.
Recuerdas cómo tu papá construyó la casa, y tú le ayudabas, dibujando con crayolas lo que querías mientras él intentaba hacerlo realidad. Ahí arriba pasaste horas interminables, gloriosas, fantásticas, perdido en mundos creados en tiempo real por tu imaginación infantil. Con tu espada de ramas y un escudo de triplay, rescataste a los ciudadanos de tu reino cuando los dragones-colibríes invadieron. Defendiste tu barco contra ataques de piratas feroces que se disfrazaban de cuervos. Navegaste el vacío del espacio, esquivando agujeros negros y explorando planetas extraños.
Joel estaba sonriendo sin querer. Jamás hubiera creído que 35 años después, ahí seguiría su casita del árbol. Sin embargo, ahora era un peligro. Tendría que conseguir a alguien para desmantelarla, no sea que ya vendida la casa, algún niño llegara a caerse.
Recorrió el resto de la casa: cocina, sala de televisión, recámaras, baños. Mandó un mensaje a su hermano, que venía en camino, que pasara a comprar más cajas de lo que habían decidido y bolsas de basura también. Esto iba a tardar algunos días por lo menos.
Mientras Joel esperaba a su hermano, salió al jardín para disfrutar del sol. Antes había un camino de piedras desde la puerta hasta el árbol, pero estaban escondidas debajo de la alfombra de pasto crecido, o habían desaparecido con el tiempo. Se acercó al árbol. Las ramas no eran tan grandes como recordaba, ni la casa tan alta. En su memoria, corría riesgo mortal cada vez que subía, como un trapecista en un circo, o un alpinista en Everest.
Extendió su mano y tocó la primera plataforma, un triángulo pequeño que servía como base para subir a la casa propia, casi dos metros más hacia arriba. Finalmente, no pudo resistir la tentación. Subió con cuidado las escaleras, evitando pisar la madera que se veía más podrida o quebradiza. La plataforma se veía bien, solo un poco inclinado por el crecimiento del árbol. Ascendió una segunda escalera y entró a la casa.
Aquí venías, a tus diez años, siempre cuando tu mamá tuvo días malos y gemía en dolor. Ella trataba de esconderlo, pero no podía; te dabas cuenta. No entendías por qué sufría, solo sabías que no le podías ayudar cuando le pasaba eso, ni tú ni nadie más. El árbol conoció tus secretos en aquella época. La tierra sólida era incierta; solo en las ramas había seguridad. Mientras cotorreabas con changos y luchabas contra jaguares, le decías lo que abajo no podías confesar con tal de ser fuerte para tus padres: que estabas confundido, aterrado, enojado.
Joel tenía que agacharse mientras recorrió la pequeña casa, y los tablones rechinaban en oposición a sus pasos. Hace décadas alguien había quitado los juguetes que él guardaba aquí, y solo quedaba una mesita y una sillita sencillas de madera, ambas cubiertas con capas de polvo y hojas. Sacudió la silla y se sentó, sus piernas de adulto dobladas casi hasta su mentón. En automático sus dedos recorrieron un nudo en la pared. Lo jaló, y fácilmente cayó en sus manos. En el huequito atrás estaba su navaja suiza, tan brillosa y roja como siempre.
Con esta navaja te desquitabas con el árbol. Sufría tu mamá, entonces el árbol tenía que sufrir. Pero siempre te perdonaba. Aquí estabas el día que el doctor llegó con prisa, y se quedó más tiempo de lo normal. Desde aquí escuchaste los repentinos sollozos de tu papá que partieron tu corazón, y sentado aquí supiste, sin que te lo explicaran, que ahora nada sería igual. El árbol te acogió en brazos de madera y te consoló.
Joel sintió una lágrima caliente trazar una línea entre su mejilla y nariz. No había llorado en tanto tiempo. Ni cuando murió su papá. Algo tenía este árbol, una magia que sacaba las lágrimas y las sanaba al mismo tiempo. Por largos minutos, en la luz dorada que filtraba por las hojas, se dejó sentir la tristeza de la más reciente perdida, un dolor vivo y natural.
Querías aventarte del árbol para apagar tu sufrimiento. Varias veces lo pensaste. Pero tu papá te necesitaba: esto te susurraban las hojas y te recordaban las paredes de la casa, y ellas tenían razón. Todos los días te bajabas, y al siguiente día te subías, y con el tiempo la tristeza menguó.
Joel se paró y se asomó por la ventana. Los tablones viejos se quejaron con su peso, un chillido familiar. Pero el ruido siguió después de las pisadas, y aumentó hasta ser un estruendo, y la casa empezó a temblar como nunca antes. Joel escuchó tronar una pequeña rama, y luego otra, más grande; y lentamente, como un barco tomando agua en alta mar, la casa escorió, deslizó, cayó al suelo en un montón de hojas y ramas y tablones.
Joel abrió sus ojos. Estaba bien, dentro de lo que cabía. Las ramas y la casa habían absorto los golpes, como siempre. Solo fue el susto y algunos rasguños leves. Le iba a doler todo el cuerpo mañana, de eso estaba seguro: la edad no aguanta las caídas como la niñez. Joel se puso en pie, aún temblando, y miró alrededor. El árbol seguía ahí. Le faltaba algunas unas ramas, pero los árboles están hechos para resistir el dolor y para sanarse, mejor que los humanos. Para la casa no había remedio, estaba hecho pedazos. Una cosa menos en el aire.
Rodeado de hojas, de clavos oxidados y de memorias convertidas en astillas, Joel sonrió. Se soltó a reír, luego más fuerte, a carcajadas. Sintió un alivio que no había disfrutado en muchos años. Abrió su mano: ahí estaba la navaja suiza todavía. Sería un buen regalo para su hija. Tenía nueve años y era tan imaginativa como su papá. Se le ocurrió una idea.
En tu casa hay un árbol también.
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