El diablo está en los detallitos
- Justin Jaquith
- 4 feb 2021
- 7 Min. de lectura
Uno por uno, solos y anónimos, los hombres bajaron al sótano y se sentaron en un círculo de sillas plegables. Bajo la tenue iluminación de dos focos cansados, evitaron mirarse en los ojos mientras esperaban empezar con la reunión.
A las ocho con dos minutos, el líder del grupo se puso en pie y pidió su atención.
—Hermanos, bienvenidos a la reunión mensual de Divorciados Anónimos. Lo que escuches aquí, se queda aquí. Les explico la dinámica: uno por uno, todos van a contarnos su nombre, cuánto tiempo estuvieron casados y la debilidad que destruyó su matrimonio. Recuerden, la honestidad es el principio de la transformación.
Después de recitar la plegaria de la serenidad y los doce pasos, tomó su asiento e hizo señas al joven a su derecha, invitándolo a empezar. —Adelante.
—Me llamo Jorge…
—Hola, Jorge, —el grupo interrumpió al unísono.
—Gracias. Me llamo Jorge, y estuve casado tres años, pero le fui infiel a mi esposa, y cuando se enteró, me abandonó. Mi matrimonio terminó por una mujer de más, —confesó, y llorando, se sentó.
Luego se presentó el segundo hombre. —Soy Rafa.
—Hola Rafa.
—Estuve casado quince años, pero soy alcohólico. Ya no lo aguantó mi mujer, y me corrió de la casa. Mi matrimonio terminó por una bebida de más.” —Se sentó y se sonó la nariz, el trompetazo rebotando entre las paredes austeras del sótano.
Ya le tocaba al tercer hombre, un joven de quizá veintiocho años, vestido de mezclilla y playera, con una gorra de béisbol al revés; pero éste no dijo nada, solo miraba el piso con su cabeza entre sus manos. Por fin levantó sus ojos, revelando una mirada llena no de remordimiento, sino de enojo, frustración, indignación.
—Soy Enrique. Estuve casado ocho días. Y mi matrimonio terminó por una canasta de más.
—¿Una canasta? —El líder preguntó, incrédulo.— Perdón. No quise interrumpir. Continua.
El hombre suspiró profundo, como si apenas mantuviera bajo control la memoria de algún trauma reciente, y respondió trémulo. —Les cuento. Me casé con la mujer de mis sueños. Todo estuvo perfecto, bello, glorioso. Regresando de nuestra luna de miel, fuimos a casa de mis suegros, a cinco horas de aquí, porque mi querida desposada había dejado allí algunas cositas suyas, algunos detallitos, me dijo, que quería recoger.
“Claro que sí, mi amor”, le respondí, todo un caballero, “el baúl del coche es grande y cabe mucho ahí. Vamos por tus cositas”.
—Pero no fueron cositas, hermanos. Ni fueron detallitos. Fueron dos closets llenos de ropa, de camisas, de chamarras y abrigos, de vestidos de fiestas y quinceaños y bodas de amigas y enemigas y compañeras hasta del kínder. Con todo esto, llené el baúl del coche hasta casi no poderlo cerrar. Pero soy hombre, fui capaz, lo cerré y hasta le sonreí al final. “Si se pudo, querida, ahora vamos a casa”.
—Pero ahí está el detalle, y ustedes esposos (perdónenme, exesposos) me van a comprender. Porque mientras yo acomodaba con sudor y labor sus cosas en el coche, ella estaba recorriendo la casa de mis suegros como un zopilote revisando un campo de guerra, o cómo el diablo examinando a los pecadores, buscando qué devorar, de qué adueñarse para nuestra nueva vida. Y mis suegros encantados, porque es su única hija, la niña de sus ojos, el objeto de su admiración, la bendición de su vejez, la heredera de la chatarra cotidiana que llamamos “detallitos para la casa”.
—Salió con dos bolsas negras, las que se usan para la basura, cuán dulce ironía, en las manos.
“Que lindo, mi amor, eres mi héroe. Oye, mi mamá me quiere regalar algunas cositas, algunos detallitos, para nuestro departamento. Sí hay lugar, ¿verdad?”
—Miré las bolsas, luego el asiento de atrás, luego las bolsas de nuevo. “Pues…si, aquí atrás. Pero ya es tarde, linda, hay que apurarnos”.
—En ese momento empezaron a salir como hormigas a la guerra mi suegro, mi suegra, mis cuñados, mi cuñada, la amiga de mi cuñada, un pretendiente de la amiga de la cuñada, el hermano menor del pretendiente de la amiga de la cuñada que iba de chaperón, todos cargando cosas para adornar nuestra casa. Una lámpara de princesas Disney que era de mi esposa en la primaria. Un baúl con la vajilla de porcelana de su abuela. Un tapete persa que olía tal vez a perros, tal vez a persas, ¿quién sabrá? Dos cajas con botellas vacías de cerveza para ahorrar el depósito que siempre cobra la tiendita. Un burro para planchar, tres cobijas y varios cojines para nuestra sala que todavía ni comprábamos, pero que ahora tenía que combinar con los cojines, no al revés. Una escoba semiusada, y un trapo muy usado, incluso todavía mojado y embarrado de algo que, por no poderlo identificar, bauticé “suegro-mugre”.
—Llené al asiento de atrás hasta el techo. Mentiría se les dijera que lo hice con buena gana, lo hice solo con tal de irnos, y seguramente mi cara reflejaba mi irritación. Pero el amor todo lo soporta, todo lo perdona y, al parecer, todo lo tiene que empacar en un coche. Así que lo logré, cerré las puertas, aunque tuve que bajar las ventanas para que el mugroso trapo entrara.
“Oye, Enrique, mi amor…” —Las dulces palabras de mi esposa provocaron un escalofrío inmediato en todo mi cuerpo.— “Tengo algunos recuerdos de mi infancia, unas cositas nada más, unos detallitos que me quiero llevar también”.
“¡Pero linda, querida, no hay espacio! No cabe dentro del carro ni una cosa más, ni un detalle adicional. Y ya es tarde, el viaje es largo, y estoy cansado ya”.
—Fue ahí, amigos, que sacó su arma no tan secreta, la seducción. “Perdón, sé que es mucho y te has portado súper bien conmigo. Verás esta noche, mi amor, te haré olvidar de esto. Y no es mucho más, te prometo. Solo detalles. Mira, hay espacio en el techo para amarrar muchas cajas”.
“¿Cajas?” —grité, pero ella ya estaba en la casa, y nadie me oyó salvó un cuervo en un árbol, quien me miró, compasivo, empático, como si también tenía una pareja que le obligaba a traer tiliches de lejos para sobrellenar un nido pequeño.
—Salieron al instante, mi suegra y mi esposa, con sonrisas en sus rostros y montones de cajitas de todo tamaño, color y olor bajo sus brazos. “Qué es todo esto?” pregunté en horror.
—Mejor no hubiera preguntado. Me lo explicaron son risas sentimentales y miradas madre-hija que jamás entendería yo. En un frasco, las cenizas de su querido perrito Piojos, a quien habían cremado para que en paz nunca descansara. Una decena de rosas secadas que le regaló su primer novio cuando tenía trece años —su novio, hermanos, imagínense— que había guardado para recordar esa inocencia perdida. La Biblia de su primera comunión, nuevecita, y varias revistas Cosmopolitan, gastadísimas. Una cajita que contenía recuerdos genuinamente asquerosos: el primer diente que perdió en el kinder, el yeso de cuando rompió su brazo en la primaria, un bucle de cabello de su mejor amiga que se fue a vivir a otra ciudad en la secundaria.
—¿Qué más les cuento? Subí todo al carro, con la gracia de Dios y la rabia del diablo. Amarré lo que pude al techo, metí lo demás entre los asientos y en el piso debajo de los asientos y en todo huequito y ranura y espacio que encontraba. El carro estaba por reventar. Si tan solo estornudara alguien, saldría volando un plato, o una escoba o un diente infantil. Cerré la puerta. Bueno, azoté la puerta, con una frustración obvia y obviamente justificada.
“Vamos a casa, mi amor”, le dije entre dientes.
—Se despidió de sus padres, y yo (típico yerno hipócrita) les agradecí su generosidad y los invité a visitarnos, que con nosotros tenían su casa. En realidad, su casa la teníamos ahora en mi coche, pero no les dije eso. Nos subimos al carro, mi querida y yo. Encendí el motor. Revisé el espejo retrovisor, pero no veía más que la sonrisa congelada de una princesa-lámpara mirando hasta el interior de mi alma. Quité el freno de manos. Puse en reversa la palanca de velocidades.
—Fue en ese momento, hermanos, cuando escuché desde la puerta de la casa un grito. “¡Esperen, esperen! Les faltó esta canasta”.
—Amigos, hermanos, compadres. No lo van a creer, pero sí lo van a creer, porque todos ustedes lo han vivido. Inmediatamente mi esposa se bajó, con el motor todavía encendido, y tomó dicha canasta con una sonrisa tan agradecida como si le hubieran entregado las llaves del reino del cielo. Entonces yo furioso también me bajé del carro, y agarré del techo la caja de recuerdos con su pedacito de pelo y su yeso y su diente, y los aventé al aire, y las revistas Cosmopolitan las eché al suelo y las pisoteé, y la Biblia la tiré en la dirección general de la cara ahora horrorizada de mi suegra, y las rosas las hice polvo, y al Piojo lo solté al viento como seguramente hubiera querido para que en paz descansara, y el trapo con su suegro-mugre y la escoba, los lancé a un árbol, por si el sufrido cuervo o si querida cuerva los quisieran para su nido, y el burro para planchar y las cobijas y los cojines los arrojé alrededor como si yo fuera olímpico en lanzamiento de bala, y las cajas de botellas las puse con cuidado en el suelo porque ahí si tenían razón, qué coraje que te cobren depósito solo para aliviar tu sed, pero el tapete persa olor a perros o persas o perros de persas la eché en la calle junto con la vajilla de porcelana y la lámpara fea de princesa, y con el carro atropellé todo mientras carcajeaba como maníaco homicida, y luego, a mi esposa, se la volví a encargar, con un beso en la mejilla, a mis suegros que tanto la querían, y de ahí me fui con un coche tan vacío que casi volé a casa.
Enrique terminó de hablar y miró alrededor del círculo. La mayoría de los hombres estaban llorando en empatía. Algunos empezaron a aplaudir, incluso. Uno por uno lo abrazaron, expresando su plena comprensión y compartiendo sus más sinceras condolencias.
Cuando se sentaron de nuevo, el líder preguntó, —¿Y la canasta?
—Ah, esa sí me la llevé, es muy bonita.
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